Yabo Torbo


lunes, 7 de enero de 2013

Navidad

El abrazo sincero de un padre en la noche de reyes,
la manta que tapaba mi cuerpo, sueave y caliente.
El sonido de la tele, el brillo de la guirnalda,
todos los libros del estante, las fotos y los manteles.

La alfombra de suave pelo y dibujos de flores,
los globos, las sonrisas y los nuevos amores.
Los regalos, los dulces, el reloj y los actores,
la cómoda con sus jarrones, el Belén y los pastores.

Todo ello se esfuma, se mancha, envejece, se muere.
Todo por culpa de la avaricia, del odio, de lo insano, del pecado, del valiente.
Todo ello se cae por un precipicio, se pierde en lo inerte.
Todo por culpa de lo amargo, de lo inhumano, del adulto, del incosciente.

Y es entonces cuando aparece la culpa, el agobio, la ansiedad, la tristeza, la muerte.
Es entonces cuando aprieta el pecho, se hunde la mirada, se calla el alegre.
Se mancha de sangre al niño, se pudre el fruto del amor, y se escupe a todo lo bueno que se quiere.
Se nubla la vista, se quema la vida, se vomita el miedo, se atornilla la frente.

Pero siempre queda el perdón, volver al hogar, aprender del error.
Volver a vivir en una canción, volver a esculpir la estatua de un Dios
Volver a gozar de una estación, de un viaje, de un corazón.
Quemar de nuevo la llama perdida, hacer el amor, nacer a la vida.


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