Yabo Torbo


martes, 22 de febrero de 2011

Hacía tiempo, mucho tiempo, que ella no paseaba por aquella casa, de hecho ahora solo se oía el ruido del agua fluyendo por un radiador blanco con algunas manchas de polvo, y de vez en cuando, los días de mucho viento, el sonido de una vieja persiana de madera granate, con la pintura ya casi desconchada, golpeándo el marco de la ventana. Precisamente era esa la persiana que tantas noches les había visto dormir juntos y, como si de un quejido o rabieta de niño pequeño se tratase, golpeaba la ventana en un irónico símbolo de rebeldía y queja.

Como digo hacía tiempo, mucho tiempo, que no se le veía aparecer por esa casa. Digamos que su habitat natural era la noche, cuanto mas adentrada en la profunda negrura de la madrugada mejor. Solía despertarle, la mayoría de las veces de forma violenta; le preparaba un café y se reía mientras veía como la miraba con un rostro que se columpiaba entre la complicidad y la tristeza. "Fueron los mejores momentos de su vida" aunque ellos pensaran todo lo contrario; en realidad era un esfuerzo por aferrarse urgentemente al dicho: "cualquier tiempo pasado fué mejor".

Luego pasaron todo el verano juntos, un verano muy curioso cuanto menos. Era como mirar un cuadro de Dalí, que nunca pintó, donde aparecen una tierna niña de la mano de un terrorífico esqueleto...en ese verano la alegría y la tristeza paseaban de la mano muy a menudo. Aunque todo era rutina también se divertían, y también se tomaban días de descanso, ya que su relación era algo complicada, en realidad ni era una relación como los humanos la concibimos; más bien una especie de simbiosis; él la necesitaba y ella no podía vivir sin él; pero se odiaban.

El verano pasó y todo se enfrío; los largos días de sol y euforía salada se convirtieron en fríos días de Otoño, luego de Invierno y finalmente de Soledad. Fué entonces cuando ella se marchó. Él la buscó en millones de sitios, removió cielo y tierra: La buscó entre las hojas secas de los parques, la buscó en las vías del metro, en las estaciones de autobús, en sus viejos discos, en todas las hojas con palabras sueltas que ella le había regalado, en el bolsillo de aquel abrigo viejo, en el bar en el que solían emborracharse...ni rastro, se había ido y lo que es peor, se había llevado todos sus recuerdos.

La casa tiritaba de frío, ni los muertos serían capaces de hablar en el salón, ni siquiera se molestarían en poner la vieja radio que se cubría de telarañas en aquel mueble de caoba. Entonces, una noche cualquiera, Él se levantó de la cama, como si las sábanas le escupieran de la cama súbitamente. Se quedó solo en el frío suelo de la habitación, a oscuras, mirando a ninguna parte...y de repente el agua empezó a llenar el radiador blanco; como por arte de magia (negra) la persiana comenzó a agitarse violentamente, y la cafetera comenzó a emitir un dulce silbido que sonaba como una melodía angelical.

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