Yabo Torbo


sábado, 5 de junio de 2010

Yabo Torbo


Todavía sigo paseando por la selva, creo que faltan unas semanas para que lleguemos al poblado y celebremos una fiesta por el final del verano, mientras tanto prosigo con mis observaciones. He de decir que he descubierto un hecho curioso; existen dos clases de elefantes: Están los que pasan largas horas en el barro desparasitándose, luego acuden con sus familias, enseñan a sus hijos los secretos de la selva, efectúan gestos cariñosos con sus hembras, recolectan los alimentos necesarios para la supervivencia de la manada y así día tras día hasta que perecen arropados por las trompas de sus congéneres. Sin embargo he observado algunos ejemplares que a diferencia de los primeros tienen un comportamiento algo distinto. Éstos últimos pasan largas horas mirando en orden riguroso su reflejo en el agua, los pequeños pájaros que desparasitan a los otros elefantes, las copas de los árboles y finalmente el azul del cielo. Sus movimientos son extremadamente lentos y no siempre parecen estar en disposición de efectuar estas tareas, incluso podría decir que parecen enfermos y delicados. Pero cada cierto tiempo puedo mirarles a los ojos y ver que el brillo de éstos supera con creces a los tristes y apagados ojosde los primeros elefantes. Todo ello me hace pensar a su vez en qué tendrá la selva que tanto les cautiva, o que pueden encontrar en su propio reflejo que no puedan encontrar en otro miembro de su especie. Creo que ahora cada vez que me despierto miro a mi alrededor y veo que bonita es la selva que nos rodea gracias a los elefantes de ojos brillantes.

1 comentario:

Santiago Bullard dijo...

Ojos brillantes, y sin embargo la soledad, ¿no es cierto? A ver qué te espera al final del camino, hombre. Un abrazo.