Yabo Torbo


lunes, 14 de junio de 2010

El agua caía lentamente sobre mi cuerpo, el toque de las cortinas de plástico era gélido, contrastando con la humedad sofocante del ambiente. Apreté el bote de champú, no había; el otro, el otro, todos vacíos...termine usando el de gel, a veces terminamos dándole un uso diferente a las cosas por necesidad. Otra noche más maltratando mi cuerpo, me dolía la cabeza, el estómago, otra vez mis pensamiento se escapaban por detrás de la nuca y entraba en un estado de coma mental inducido. Terminé de ducharme, me sequé, me vestí, no me peine. Aquella casa era un reflejo de mi interior estos meses. La ropa desbordaba los sillones, 10,15 quizás 20 vasos vacios con los restos pegajosos de algún licor, ceniza, tabaco...la cama no tenía sábanas y todo envuelto todavía por el olor y las risas de la noche anterior. Pero he de decir que resultaba acogedor, era una locura estable, un nido donde reposar. Salí otra vez a la calle, hacía frío, algo de rock Lo-Fi de banda sonora; salí del portal, miré al cielo, respiré hondo y sonreí. Llegó el ritual de cruce de miradas en ese medio de transporte al que llaman metro. Es lo mas parecido a una muestra de falta de empatía total, a nadie le importas, nadie quiere saber si te estás volviendo loco, si quizás esta noche te suicides, o si eres un buen amante; creo que la mujer que me mira acaba de asesinar a su marido...De nuevo vuelvo a desaparecer, manipulo mis sentidos para sepultarlos con algo de cemento mental y comienzo a volar, no me interesa estar ahí porque pienso que mi historia es tan miserable como las suyas. Camino deprisa, mirándo al suelo, cabeza agachada, mirada atenta con ojos bien abiertos...Vuelvo a ver el exterior, es de noche, llueve ligeramente, llueve más, diluvia...nunca me importó mojarme, total es algo inevitable. Enciendo otro cigarro, miro la hora, la vuelvo a mirar, sinceramente me pregunto que estoy haciendo allí. Son las doce, la 1, las 5, las 11, se ha vuelto a terminar el tabaco, hay mucho humo y yo con los pulmones más envenenados. Nunca había estado en esa casa, o alomejor si, o quizás sea la misma casa a la que vuelvo todas las noches. Vuelvo a salir, vuelvo a entrar; mis esfuerzos para no quedarme dormido entre mis manos son inútiles. Los niños que tengo enfrente me mirar con curiosidad, quizás esten pensando lo mismo que yo, apartan la mirada huidizos cuando les miro. Meto la mano en mi bolsillo, sacoun trozo de papel con un número de teléfono; total no creo que lo coja nadie. Es suficientemente grande como para hacer algo de papiroflexia; me entretiene y me mantiene despierto. Llego a casa, o eso creo. En un último esfuerzo intento preguntarme que es de verdad vivir antes de expirar el ultimo aliento de lucidez del dia. Otro día más, otra pieza más, un poco mas viejo y un tanto atormentado.

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